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LA VISIÓN Aquel pobre diablo no sabía el favor que me había hecho. Su muerte, inútil como todas las demas, agrado sobremanera, por su crueldad, a mi cliente y ,ante mi asombro, me suministro una prima por mis servicios digna de un príncipe. No necesité hacer recuento de mis ahorros para saber en aquel preciso momento que había llegado el momento de mi nueva visión... Desde antiguo, los guerreros assamitas se someten al rito de la visión. Cuando un guerrero ha hecho meritos para ello, sus antiguos le recompensan con una ceremonia de maduración en la que el hijo de hashemí tiene la ocasión de hablar con el espiritu de sus ancestros, el que le revelará, en forma de visión cual es su futuro, su destino. Y en la que, como regalo por su lealtad y valentía, moldea a su antojo. Purificando su cuerpo con el poder de la sangre, negado para los de nuestra casta como el León niega la vida a su presa, para que esta pueda sobrevivir como especie. Cuando solicité el cónclave de los hijos del desierto me senti extraño. Un hijo de hashemí solo tiene dos o tres visiones en su vida. A la importancia del acontecimiento se sumaba el hecho de que había de ser la primera que se realizaba en tierra extraña. Gracias a mi señor, a su apoyo en efecto y en presencia el rito se realizaría por vez primera en tierra de infieles. Todo ello despertaba mi orgullo, y mi responsabilidad... Cinco antiguos rodeaban el circulo de los cinco reyes. Aquel donde los hijos de hashemi impartian y recibian su ley. Cinco cuencos a sus pies, llenos de la sangre purificadora. Y cinco libros en sus púlpitos, con la palabra sagrada de hashemí. El canto del Asuni y el olor a incienso llenaban la estancia de una atmosfera especialmente embriagadora y la mortecina luz de las lamparas apenas permitia vislumbrar las paredes ricamente decoradas de la cripta. Aquel templo subterráneo me recordaba mi casa con una fuerza que no había experimentado desde que mis asuntos me hicieran pisar Granada hacía mas de cinco años. Cuando el canto cesó, mi señor aparecio de entre las sombras de aquella severa estancia. Antes de que mis ojos se clavaran en el suelo con la misma firmeza con la que mi rodilla postrada brindabale pleitesía, vi su shilabi ceremonial de seda roja con hilos de oro. La perla del imperio otomano centelleaba sobre su frente, fijada al turbante de lino rojo que cubría su sien. Su semblante broncilineo me escudriñaba con severidad. Avanzó hacia mí como lo hace la bruma de la mañana sobre la superficie del mar, lenta y pausadamente, burlándose del abismo profundo que se extiende bajo sus pies. Los cinco antiguos murmuraban oraciones en dialectos ya muertos que no conseguía entender. La mano de mi señor se apoyo sobre mi frente y alzó mi rostro hacia la luz tenebrosa de su mirada. Sus ojos negros, profundos como el cosmos, brillaban con el destello de mil estrellas flotando en su interior . Note como se aflojaban las cuerdas de mi , otrora inquebrantable voluntad y como el néctar delicioso de la vida roja humedecia mis labios en un goteo incesante que drenaba mi consciencia... Rashira apareció ante mí, mirándome dulcemente y
extendiendo sus manos hacia las mias me dijo que me quería y que
me perdonaba por lo que le hice. Yo intente asirle las manos pero no podia...
y empezó a alejarse en la bruma de la noche oscura, y le llamé,
y le grite. Pero ella seguía alejándose y mirándome
con dulzura mientras me decia que nos reuniríamos pronto, que seguiría
esperándome... Intente perseguirla, pero todo fue inútil.
Mis piernas no me respondían. Miré hacia ellas y descubrí
aterrorizado que no las tenía. En su lugar dos muñones ennegrecidos
me sostenian herguido sobre mi alfombra. El olor a quemado y el humo se
extendían por toda la habitación hasta resultar No debe quedar nada de lo que dejas atrás , joven neonato, pues entonces su recuerdo te perseguirá siempre. Su risa se propagó con la fuerza de las llamas sobre aquel infierno mientras yo me debatía por llegar hasta su espigado cuello para sesgárselo como a la maligna alimaña que era. Pero fue el quien se acercó a mi, y sentí el sabor de la sangre salvadora mientras reconstruía mi cuerpo destrozado. El maldito me observaba mientras, presa de dolor, encogía mi cuerpo convulso y estremecido entre las sábanas de seda de aquella alcoba que presidía desde lo alto la orilla del Jordan. Su boca, llena de sangre, chorreaba el líquido elemento hasta su abierta garganta, y, desde allí , rezumaba por entre sus ropas hasta formar un charco coagulado bajo sus pies desnudos. Miraba sonriendo desde el pie de la cama como me desangraba sobre ella
entre terribles dolores. Mis manos se asían a los barrotes con
tal fuerza que estos se quebraron. Todo en derredor se habia oscurecido con un manto tenebroso almizclado de desesperación. No podia ver a traves de él ni el suelo que pisaba. Pero una luz se distinguía en la profundidad de aquel espacio denso y frio. Según avanzaba hacia él notaba como la temperatura del entorno y de mi propio ánimo subian hasta formar un llameante huracán que azotaba mi rostro y mi corazón. Aquella luz salía del suelo, formando remolinos de gas florescente que se elevaban sobre la niebla espesa y negra, dándole temible vida de luces y sombras. Cuando me acerque al borde de aquel abismo vi como un surco precepitaba por entre mis pies un maná rojo, alimento del infierno, hacia el corazón sediento de la sima. Apenas perceptible, el leve sonido a mi espalda despertó ese instinto de supervivencia que, pertinaz antagonista de mi voluntad, aun me mantenía con vida. Allí estaba él. Aquel que sabria presente en el juicio final, y este había llegado. Precipitándome al abismo noté el abrasador abrazo de aquellas llamaradas espectrales, y la vista se me nubló, y la noche silenciosa me cubrió. Desaparecido ya el torturador beso del dolor me sentia en paz. Allí vino, de repente, a mis oidos aquel poema que los trovadores de las caravanas cantaban en mi niñez... La brisa soplaba tenue en derredor de su cara. El rumor de las olas le mecía mientras contemplaba, con los pies
desnudos sobre la arena, la luna llena extender su manto de plata sobre
las espumosas crestas. A su paso sombrio, las conchas, de espejo iridiscente, en la orilla le
saludaban. Las piedras se clavaban en sus pies y esculpían el alma en su
camino. La luz del crepúsculo, tiñendo de rojo el horizonte, marcaba
el sendero que lleva hasta el cielo, La mañana fresca al rocio saludaba, la bruma espesa sobre superficie
silenciosa, en jirones se levantaba. Seguía su camino, mas su destino no alcanzaba. El agua por entre su cuerpo jugueteaba.
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