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El hombre de negro se colocó el guante de cabritilla despaciosamente, casi como un cirujano. Entonces habló, como hablan las armas, como hablan los hombres que acostumbran a usar armas, en disparos, casi como pequeñas explosiones. - Si de veras le quiere muerto le costará tiempo. El hombre de negro emitió un chasquido de fastidio con evidentes signos de impaciencia y desdén. -Dije tiempo, no dinero. Calcule si su rencor y su odio serán
suficientes, no si su cartera, sus tierras, su ganado, su oro lo será,
por que eso ya conozco hace tiempo que siempre será suficiente. El hombre de pelo cano frunció el ceño. Lo frunció como lo fruncen los poderosos, que no están acostumbrados a escuchar exigencias, y mucho menos a esperar. Pero en el fondo de la intensa desazón que le producía los planteamientos de aquel tipo esmirriado, con pomada en su fino bigote, y su Derringer finamente labrado al costado, sabía que tenía razón. Cuando se quiere cazar a una presa difícil, se requiere además de destreza y capacidad, que era lo que acababa de contratar en el hombre de la Pinkerton, paciencia, mucha paciencia, y eso sólo lo podía poner él. Con inmenso fastidio asintió despacio, casi con un movimiento de resistencia.
-Está bien, hablaré. - farfulló - De las sombras surgió aquel tipo de negro, siniestro y oscuro como el sótano de una funeraria. Habló con acento refinado, pero con un tono seco que evidentemente no llamaba a la benevolencia. - ¿Dónde está el hombre al que acompañaste
en Santa Marta de Jaraiz? El hombre de negro cerró los ojos, calculando. Con dos días de ventaja el territorio a cubrir era demasiado amplio. Necesitaba concretar más. Le hizo una seña al mocetón y éste siguió con su concierto de sonidos, cada vez más macizos, cada vez más broncíneos. -Le diré todo lo que sé del Flaco Jiménez, pero ya le he dicho que no sé dónde está ahora -dijo el mejicano intentando nadar en este mar de golpes. El hombre de negro sonrió. El mejicano casi prefería su semblante serio. Le daba menos miedo. -Acepto su oferta -ladró. El mejicano resopló un par de veces, agitó su hinchada y ensangrentada cara, y pidió agua. El mocetón le alcanzó una jarra de barro y se la vertió en lo que quedaba de su boca. Entonces comenzó a contar todo lo que recordaba de aquel otro individuo flacucho. - Tiene ese dibujo suyo, y eso les servirá de ayuda. Como ve,
se parece a usted en lo alto y flaco. Supongo que por eso le llaman Flaco
Jiménez. ¿Quieren matarlo, verdad? No les he visto a ustedes
como se manejan con esos Derringer, pero les diré que tengan cuidado
con él. - ¿Porque mató al judío y a su hijo?. El mejicano rió sin poderse creer tamaña ignorancia. - Porque le pagaron por ello. Es un pistolero a sueldo, como usted. Solo que usted tiene todo el aspecto de aceptar cualquier encargo, y sin embargo él solo acepta lo que le gusta. Se le pegó de cabalgar con Bernardo O´Riley, el que se dejó el pellejo en el asunto de Calvera, ¿sabe?. Sólo acepta si él lo considera una causa justa. No me pregunte lo que entiende por causa justa. El judío exprimía a todo aquel pueblecito, se enriquecía a su costa y era capaz de destrozar familias enteras solo para amontonar más oro. Su hijo era una especie de sádico que actuaba como cobrador. El mejicano escupió y añadió: Bien muertos están. El hombre de negro volvió a helar el aire con su sonrisa y tableteó como un Peacemaker. - Gracias por ayudarme a conocer a ese hombre. Y añadió dirigiendose al mocetón: Mátalo. |
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